por Diego Schurman

Carlos Zannini hizo un mohín de disgusto. “Este tipo quiere cambiar su imagen en cuatro días”, sostuvo, y meneó la cabeza ante su interlocutor del Gabinete.

El secretario de Legal y Técnica destilaba veneno por la actitud extrovertida de Amado Boudou en su rol de vicepresidente en ejercicio de la presidencia.

La frase explicó las marchas y contramarchas de la Casa Rosada en la última semana, durante la convalecencia de Kirchner.

No por nada el vice quedó corrido intempestivamente de los mitin de campaña y apenas pudo asomar en actos protocolares de escueta difusión mediática.

Es harto evidente que a esta altura se desactivó aquella estrategia oficial, ideada en los albores de la segunda gestión de la mandataria, para fortalecer la figura de Boudou como contrapeso de Daniel Scioli.

Por entonces, se pensaba en el vice para aggiornar en el 2015 el viejo axioma justicialista: en vez de aquel histórico “Campora al gobierno, Perón al poder”, sería “Boudou al gobierno, Cristina al poder”.

Más allá de la ambición manifiesta del vice, en el gobierno siempre lo imaginaron como una figura maleable por su falta de peso territorial, como alguien que no podría hacer ningún movimiento sin la anuencia de la estructura kirchnerista.

Sin embargo, un combo de desprolijidades propias, recelos internos y contingencias judiciales motivó el congelamiento de su ascenso en el firmamento oficialista.

Cristina ya le dijo a Jorge Rial, en su reencuentro con las entrevistas, que confía en sus hijos Máximo y Florencia y en nadie más. Es toda una definición política y explica muchas de sus decisiones.

Amén del cuidado de sus últimas expresiones públicas sobre Scioli, ya resolvió que Sergio sea la nueva figura para sopesarlo. El entrerriano es el gobernador más mimado de la Casa Rosada, aun antes de salvar las papas del en las primarias, en las que se impuso claramente al frente opositor encabezado por Alfredo de Angeli.

El mandatario pasa cada vez más tiempo en Buenos Aires y, aunque medido, no duda en expresar su afán presidencial. Lo hizo sin cabildeos, mate en mano, durante un reportaje holgado y distendido en el programa Animales Sueltos, de Alejandro Fantino.

El conflicto diplomático con Uruguay, generado por la planta de celulosa ex Botnia, le dio mayor proyección nacional. En los mentideros políticos juegan con la versión de su desembarco en la Rosada, como jefe de Gabinete, tras los comicios de octubre, para darle mayor visibilidad en todo el país.

El propósito sería, además, aprovechar su ascendencia sobre los mandatarios justicialistas para amalgamarlos con vistas al 2015. Y probablemente aquí se explique el derrotero de Cristina desde aquella transversalidad original hacia la reivindicación de la organicidad partidaria.

En efecto, la presidenta no sólo busca quedarse con el sello del PJ sino también darle vida con la participación activa de mandatarios e intendentes, sobre todo bonaerenses, el distrito que, como se sabe, es la “madre de todas las batallas” por contener allí el 37,3% del electorado nacional.

Scioli no es ajeno a ese juego de contención. Ni lento ni perezoso, semanas atrás llamó a dirimir las diferencias en las internas partidarias, de tal forma que Sergio Massa quede expuesto como un claro opositor al proyecto partidario, lugar que de todas maneras Cristina le otorgó cuando le preguntaron por el intendente de Tigre. “¡No! No es del palo, es opositor. Si no es opositor, yo soy la Mona Lisa y estaría en el Museo del Louvre. Y yo estoy acá. Es muy claro en el lugar en el que está cada uno. Es opositor a mi gobierno, como es Lilita, Macri o De Narváez”, señaló la presidenta.

José Luis Gioja, el gobernador de San Juan, ya había planteado la disputa “mandatarios vs Massa”, en una reunión del Consejo Nacional Justicialista, cuando dijo que “la lealtad es un valor del PJ” y que no se podía “saltar como un canguro, de un lado para el otro”.

No son casualidad el reverdecer de la actividad partidaria, las cumbres de gobernadores ni la premiación a los otrora denostados intendentes del Conurbano. ¿Algunos ejemplos? Martín Insaurralde, de Lomas de Zamora, es cabeza de lista a diputados en la provincia; Alejandro Granados, de Ezeiza, acaba de ser catapultado como ministro de Seguridad bonaerense; y Juan José Mussi, de Berazategui, es secretario de nacional y candidato a ocupar la cartera de Salud si el tucumano Juan Manzur obtiene la banca de legislador por la que compite en octubre.

A propósito de los cambios del staff oficial, ninguno se producirá sólo para oxigenar el Gabinete. Como en una partida de ajedrez, los mismos se harán pensando en dos o tres jugadas más adelante, ya con el horizonte en las elecciones presidenciales. Lo de Urribarri, de suceder, no escaparía a esta lógica.

Reconocer los altos índices de inseguridad, flexibilizar la relación con los medios críticos y hasta desconfiar públicamente del Indec –y, en consecuencia, del secretario de Comercio, Guillermo Moreno– puede leerse como la evidencia de un fin de ciclo o, por el contrario, como la necesidad de poner punto final a una estrategia, y remplazarla por otra, para lograr que el ciclo no termine.

“Nunca ha sido mi fuerte creer en los números del Indec, de antes, de hoy, de siempre. Pero me parece que es una discusión que ya ha sido superada”, se sinceró Carlos Tomada en una reciente entrevista al canal CN23. Se convirtió así en el primer ministro nacional en poner en duda el Índice del Precio al Consumidor (IPC). Y no se trata de cualquier funcionario sino del más añejo de todos, ya que llegó a la Casa Rosada en el 2003 junto a Néstor Kirchner.

Es sabido que en el PJ –como reza el dicho– “con el andar del carro se acomodan los melones”. Sin un nuevo mandato de Cristina a la vista, hoy la incertidumbre es mayor. La foto muestra a Scioli picando en punta y a Urribarri emergiendo. ¿Se disputarán la representación oficial? ¿Integrarán la fórmula presidencial en el 2015? Aún faltan dos años. Y eso, en política, es lo más parecido a una era glacial.

Fuente: Info News