Argentina lejos de la catástrofe anunciada

por Eric Calcagno

Los principales medios de comunicación transmiten su propia versión de los hechos y proyectan sus propios valores sobre la realidad. Así funcionan y no es poco: en esta era que a veces privilegia la inmediatez y la virtualidad, son un poderoso instrumento para alcanzar la hegemonía sobre la base del convencimiento del conjunto de la sociedad a su propia ideología. Eso se llama fijar la agenda, poner los objetivos, designar a los protagonistas.

Significa “marcar la cancha” para el resto del cuerpo social, que tal vez no comparta los mismos intereses que los sectores dominantes. En esa visión, quedará entonces para los sectores medios la satisfacción de parecerse a los más pudientes, al menos en sus prejuicios; y para las clases populares quedará resignarse frente al apocalipsis siempre proclamado. Deberán soportar “el precio de la fiesta populista”, habitual eslogan que precede a los ajustes.

Pero las consecuencias esperadas por la mediática sobre la interpretación propia de los resultados de las elecciones del 27 de octubre no se han verificado como deseaban. La introducción de los conceptos de “transición”, “fin de ciclo”, “poskirchnerismo”, que son machacados de modo continuo, parecen opacados por el relanzamiento de la ley de medios gracias a su constitucionalidad, así como por los debates en torno al Código Civil y a la ley de responsabilidad del Estado.

Ha fallado la “cristalización” de imponer un interés sectorial como interés nacional. El gobierno ha gobernado y las instituciones han funcionado; tanto y tan bien que algunos referentes del arco opositor se han dedicado a hacer declaraciones poco razonables con objeto de satisfacer la propia platea. Así habrá que considerar ese conjunto de apreciaciones que van desde establecer el eje de la lucha contra el narcotráfico en el derribo de aviones o de propagar rumores sobre la salud de la presidenta donde la botánica prevalece sobre la medicina, entre otras variaciones sobre el carácter “espectacular” de Hitler.

De allí el significado que tienen los resultados de las encuestas sobre la imagen de la presidenta publicadas por Pagina/12 con Bacman y Diario Popular con Rouvier, que establecen un 53% y un 52,5% de opiniones positivas de los encuestados, cada uno. Estamos lejos de la catástrofe anunciada y atizada todos los días. Es interesante observar en la encuesta que se publicó en Página/12, la valoración que le es otorgada a la ley de movilidad jubilatoria, a la Asignación Universal por Hijo, al plan Pro.Cre.Ar, de la misma manera que a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, para no mencionar la renacionalización de YPF o al matrimonio igualitario.

En el primer caso, movilidad, AUH y Pro.Cre.Ar se refieren a la reconstrucción del Estado de Bienestar, donde la ANSES dejó de ser la administración residual de otros tiempos, para constituirse en uno de los pilares de la integración social. Luego, la llamada Ley de Medios no solamente permite una justa regulación, sino que al mismo tiempo propicia el acceso a la palabra de actores que no entran en la agenda dominante. Esa alta valoración de hechos que empoderan a la sociedad no debe hacer olvidar el carácter polémico de los debates que presidieron cada instancia.

En efecto, los intereses afectados quedan en claro al observar el nivel socio-económico de los entrevistados. En una simetría casi perfecta, los sectores que perciben mayores ingresos tienen una opinión negativa de la presidenta, datos que se revierte en altos porcentajes de aceptación en los sectores más populares. Cae de ese modo, la imagen proyectada que se propaga por los medios hegemónicos, donde una sociedad unida, quizá armónica, se encuentra perturbada por personajes díscolos, conflictivos, patológicos.

Ese pensamiento simple y simplificante sobre realidades complejas es propio del análisis lineal del neoliberalismo. Es compleja la realidad del poder, como de la economía, la sociedad y la cultura; complejos son los problemas que enfrentamos como Nación, tanto en lo externo como en lo interno, a veces con nombre y apellido, como en el caso de los fondos-buitre, a veces con diversas causas y formas, como en el narcotráfico, para citar dos ejemplos.

Caer en ese reduccionismo nos llevaría a atacar las consecuencias y no las causas, por más que reditúe a la prensa inmediata e interesada. No es nuestro estilo.

Tal vez moleste a algunos, pero la esencia del proyecto iniciado en 2003 ha sido la de no ignorar los problemas existentes, aunque a algunos tampoco les guste las soluciones que construimos. Muchas veces preexistentes –como la impunidad, o la deuda– esos problemas fueron tratados por iniciativa del Poder Ejecutivo, en el marco de las instituciones, sin nunca escatimar los debates… que para eso sirve la política. La política es civilizatoria, desde el momento que sublima la violencia en un conjunto de reglas y procedimientos, que son la forma, en la consecución de una determinada visión del bien común, que es el fondo. Y política es lo que hacemos.

Sin política, sin instituciones y sin debate, las cuestiones económicas y sociales se dirimen con la violencia de golpes de Estado, o bien de golpes de mercado, o cayendo en la fascinación de las formas que, sin fondo, son virtualidad. O sonrisitas cómplices al establishment. Una sociedad sin problemas es una República sin ciudadanos; o quizá se busque naturalizar los temas sociales, lo que permite invisibilizar a los que quedan afuera, reprimidos en diversos grados, para imponer una visión particular por sobre el interés general.

Por eso, sobre el regreso de la presidenta, muchos pensamos que nunca se fue, y que la política también siempre estuvo.

Fuente: Eric Calcagno