por Mauro Federico

“Nada de lo que digan sobre nosotros cambiará la imagen que ustedes tienen al mirarse al espejo”. La frase pertenece a una nota firmada por Jorge Lanata y es parte de una columna publicada el 5 de abril de 2009 en el diario Critica a modo de despedida de su creador, que abandonaba el barco a un año de haber emprendido su pomposo viaje hacia el fondo del mar.

Los destinatarios del dardo -envenenado, como suelen venir siempre los proyectiles que provienen de su filosa pluma- eran la “apropiadora” Ernestina Herrera de Noble, el “lobbista” Héctor Magnetto y el “genuflexo” Ricardo Kirschbaum. Por entonces parecìa enojado con Clarín. Y lo estaba. Sentìa que el monopolio de empresas mediáticas más siniestro de la había logrado neutralizar al único proyecto periodístico que podía quitarle una parte de su universo de lectores instalando temas en la agenda que Clarín siempre quiso ocultar, como la dudosa legalidad de la adopción de los herederos del imperio Noble y la nefasta apropiación de Papel Prensa en connivencia con la dictadura militar. Hoy Lanata se ha transformado en el ariete más punzante del Grupo en su pelea contra el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Para algunos es una incoherencia, para otros un acto de sinceramiento.

Los más ácidos opinan que Lanata desdibujó su imagen a cambio de la considerable suma de dinero que le pagan para hacer sus programas en canal 13 y radio Mitre. Yo sin embargo -que no soy amigo de Jorge, aunque lo admiré durante mucho tiempo como lector y televidente y tuve la suerte de trabajar con él en un par de oportunidades- tengo otra teoría para explicar este giro copernicano en su trayectoria y se basa en su obsesión con los espejos. En sus programas televisivos -incluso en el dominguero Periodismo Para Todos- el Gordo suele enfrentar a sus invitados con el reflejo especular que ellos mismos devuelven y preguntarles qué es lo que ven. La imagen siempre es un dato de la realidad. Lo sabe Lanata y también el gobierno al que Jorge fustiga con petardos promocionados como bombas, en medio de una mediocridad pocas veces vista en la historia del periodismo argentino.

De este modo su imagen se posiciona como la del opositor más efectivo para la chicana y el golpe debajo del cinturón. Construir oposición con los destellos de un periodista devenido en showman no hace otra cosa que poner en evidencia la debilidad de las organizaciones polìticas que no comulgan con el partido oficial para enarbolar una bandera que pueda transformarse en alternativa de poder válida de cara al 2015. Vanidoso, a Lanata le encanta que hablen de él todo el tiempo. No importa lo que digan, lo importante es que se hable, que se escriba, que su nombre aparezca en letras de molde, carteleras o mencionado hasta el hartazgo en programas de . Si para lograrlo tiene que cambiar su opinión sobre los verdaderos enemigos de la libertad de expresión y poner toda su capacidad creativa y su acidez al servicio de los mismos que denostaba con sus críticas, no importa.

Por eso me gustaría pedirle a Jorge que recuerde aquella frase escrita el día que dejaba a 190 en manos de un vaciador compulsivo como Antonio Mata con la que encabezo esta columna. Y que no olvide que Magnetto, Ernestina y Kirschbaum siguen siendo los mismos seres horrendos que eran entonces. Aunque trate de convencerse de lo contrario, ponerse a su servicio no logrará distorsionar la imagen que aquel espejo devolvía hace apenas tres años.