por Lucas Carrasco

Los primeros círculos del “criollo” fueron conformados por inmigrantes, organizados tanto por sus ideas políticas, su pertenencia cultural de clase y sus oficios, como por su nacionalidad de procedencia.

El alemán Germán Avé Lallemant fue pionero de estos socialistas en , pero la consolidación de esta corriente llega con Alfredo Palacios, Enrique Del Valle Ibarlucea y Juan B Justo.

Lamentablemente para ellos estuvieron contaminados de la suciedad de los debates políticos nativos y no escapaban de los debates criollos, que detestaban. Aunque ya derrotado el ideario federal, los socialistas se arrojaron a una visión unitaria de la historia con un entusiasmo que la hegemonía conservadora de la época ya no tenía, más preocupada en dotar de legitimidad al sistema político cerrado, excluyente y primitivista -en el sentido cultural y en el económico- pero obviamente con toda la cháchara de ser “el granero del mundo”.

El entusiasmo socialista por las ideas más reaccionarias en su visión de la historia les abrió la puerta para ser los parientes pobres del sistema político excluyente: así, además, el conservadurismo buscaba una división en las nacientes fuerzas radicales que, sin cuestionar el sacrosanto lugar argentino en la división internacional del trabajo, tenían una visión democrática y popular, o sea, revolucionaria para la época.

Los socialistas aceptaron mansos y gustosos las limosnas legislativas del régimen y sin tener mayor relevancia luego se fueron dividiendo al calor de las disputas internacionales. La historia, mientras tanto, pasaba por otro lado.

Es en primera instancia el radicalismo, incluso en los nacientes y frágiles , y luego con contundencia el , quien deja al socialismo como un respetabilísimo club de doctores, donde los únicos obreros eran los de mantenimiento de los locales.

Esta ausencia del componente de clase que les daba sentido y originalidad, era resignificada en el país al calor de los debates teóricos y prácticos en el campo de la izquierda (las disputas entre revolucionarios y reformistas) en los países industrializados, y venía a tono con el positivismo y la oligarquización de las teorías de la conciencia y la vanguardia.

La irrupción del peronismo, vista por los formadores de opinión de la época como un rayo en un cielo sereno, tuvo como pilar tanto a las culturas clericales y militares de nuestro sistema político cerrado de entonces, como a los militantes radicales -fundamentalmente “personalistas”- tanto como de las distintas corrientes de la izquierda obrera.

La lectura de esa izquierda de traslado mecánico de los presupuestos teóricos nacientes de la posguerra mundial, llevó a un vaciamiento de cuadros y de ideas a esas formaciones políticas, asimiladas vergonzosamente en un Frente Anti Fascista que, por supuesto, dirigían los progresistas de la Sociedad Rural, la embajada de Estados Unidos y los entusiastas embajadores de la moral y las buenas costumbres, que lo hacían, obvio, ad honoren. No como los “periodistas militantes”, digamos.

Este punto de arranque para contar las desavenencias entre la cultura de izquierda y la práctica de izquierda, o sea entre las entidades jurídicas de nombres pomposos y el peronismo, tenía, tanto entonces como en los sesenta y setenta, a la izquierda con un horizonte de optimismo que, visto desde hoy, es difícil ya no sólo de explicar sino hasta de imaginar.

Un cuarto de la población mundial vivía dentro de regímenes comunistas, los países del tercer mundo vivían prácticas de autodeterminación en medio de la Gran Disputa de la Historia, todo así con mayúsculas, entre los EEUU y la URRSS y a la par el capitalismo vivía su época dorada del estado de bienestar, donde el reformismo tenía despliegue y desarrollo.

Hoy, por supuesto, las cosas son diferentes. Pero esa mirada histórica hacia los desencuentros, no debe excluir el clima de época que expresa un piso compartido -la política de derechos humanos, la tolerancia y pluralidad ideológica, la vigencia del estado de derecho, el horizonte de la democratización y de los derechos de tercera generación, la política exterior pacífica, etc- que es mérito, también, compartido de distintas creencias, corrientes e ideologías.

Los cambios en el capitalismo, la caída del Muro de Berlín, la implosión de la URRSS, el fracaso criminal de la Tercera Vía, la reconversión neoliberal de los movimientos nacional populares tercermundistas, la debilidad de los estados nacionales, la financiarización del capital, el auge de las tecnologías comunicacionales, la tendencia (hoy en crisis) hacia la regionalización y la pésima distribución del ingreso, reconfiguraron las corrientes que al interior de la izquierda y del peronismo más disputaban ideológicamente, principalmente por sentirse parte de algo compartido, por eso la virulencia propia de los divorcios entre la izquierda obrerista y sindical en el interior de la izquierda, y el socialismo nacional y el nacionalismo revolucionario en el interior del peronismo.

Hoy, por eso, y porque nacieron nuevas demandas, junto a una crisis teórica en torno al sujeto social del cambio (ni que hablar alrededor de “la conciencia”) se ha debilitado esta disputa y se producen más acercamientos de los imaginables apenas décadas atrás. Quizás también porque sigue abierto el proceso cultural donde izquierda, por su lado y peronismo, por su parte, buscan un sentido, un horizonte, una condición de posibilidad en el mundo político actual, que no radica solamente en la mera persistencia de la presencia histórica, cosa que, por ejemplo, pareciera no lograr sintetizar y comprender el radicalismo. Por ahora.

Sin embargo, no es sólo la dimensión disruptiva del peronismo y del kirchnerismo -en buena medida tributaria a su composición de clase- la que irrita la sensibilidad de la socialdemocracia nativa, sino haber incorporado reformas de carácter liberal y procedimental, que acota aún más el imaginario simbólico de una socialdemocracia que a la vez se encuentra en bancarrota en los países más ricos de la culta Europa, donde cuesta distinguir con métodos analíticos de izquierda a un socialista de un conservador. Esta mimetización lleva entonces a cambiar las herramientas analíticas y proponer desde una perspectiva generosamente liberal que las diferencias entre los ajustes salvajes que aplica la socialdemocracia en Portugal, Grecia y España, con las propuestas, por ejemplo, del menemismo residual en la Argentina, radica en la modalidad honesta en que allá, en la vieja y culta Europa, lleva adelante la corrupción la bella socialdemocracia.

Como esto, en el fondo, suena un poco mucho naíf, en los desplazamientos procedimentales queda, en concreto y en Sudamérica, esta socialdemocracia a la derecha de su pantalla, señora.

A diferencia de la escuela formalista en el arte, este acento anti marxista y anti izquierdista puesto en las formas, sustentadas en orgasmos idealistas de la superestructura, pone la ética por encima de cualquier consideración material.

Muy lindo todo. Lástima que la vieja tesis para justificar la incorporación de socialistas a las dictaduras y los fraudes patrióticos de que “los gobiernos democráticos son los que integran las personas democráticas” hoy es resignificada como “la moral, es de los moralistas” y sólo quedan afuera las grandes mayorías nativas, consideradas a priori como inmorales, clientelizados, votantes de baja calidad, o perfectos imbéciles.

O dicho en -pidiendo disculpas por el exabrupto- “criollo”: si quiere votar a una derecha eficaz, señora, no vote a Duhalde: opte por el voto útil, que tiene nombre alemán, buenos modales y no hace “oposición, por oposición misma”