por Dante Augusto Palma

Cuando Platón intentaba explicar cómo se alcanzaba la verdad recurría a una elaboración que puede ser muy útil para comprender el sentido del contexto en que el que se cumplen 35 años del golpe que dio origen a la última dictadura militar.

Frente a posturas escépticas respecto a la posibilidad de alcanzar el conocimiento, Platón desarrolla su teoría de los dos mundos que es recordada por su inolvidable alegoría de la caverna. En este sentido Platón parece inaugurar una dualidad cara al pensamiento occidental, esto es, la del ser y el aparecer. Lo que verdaderamente es, es aquello que se puede conocer y aquello que se puede conocer es lo inmutable, lo estable, esto es, la esencia o idea. En cambio, el mundo que nos rodea es pura apariencia y ésta, como es posible certificar a menudo en la vida cotidiana, dura poco. Por ello, la verdad, lo absoluto, el conocimiento, se encuentran en otro mundo, el mundo inteligible que es aquel en el que se hallan las ideas de todas las cosas, desde la de Mesa hasta la de Hombre.

Dicho esto se presenta un problema: si el verdadero conocimiento se encuentran en otro mundo, ¿cómo pueden los humanos acceder a él? Platón indica que no hay que preocuparse porque el conocimiento del mundo de las ideas es innato sólo que, en términos actuales, se mantiene en un plano “no consciente”. Para decirlo con más claridad, el bebé posee el conocimiento de todas las ideas sólo que aún “no sabe de ello”. Una vez más puede asistirnos aquí cierta perplejidad pues si todos sabemos todo desde el origen de nuestra vida, qué sentido tendría aquello que llamamos aprendizaje y más aún, qué sentido tendrían los maestros.

Obviamente, Platón, en un contexto donde existían grandes controversias con los sofistas y los poetas respecto a quién debía educar, tenía una respuesta para esto: si bien poseemos el conocimiento de manera innata, éste se hará consciente en la medida en que haya un maestro que ayude a “sacarlo afuera”. Esto se relaciona, sin dudas, con las enseñanzas de Sócrates, el maestro de Platón, cuyas obras completas, como todos ustedes saben, sólo fueron leídas por un ex presidente argentino.

Sócrates, en algo que suele ser utilizado mucho en los manuales de autoayuda, considera que su labor es, a través de sucesivas preguntas, lograr que la gente pueda erradicar sus prejuicios y errores para, una vez despojados de ese falso saber, alcanzar la verdad que todos tenemos dentro. Esto es lo que se llama “mayéutica”, lo cual no es otra cosa que “ayudar a dar a luz” y hay quienes sostienen que Sócrates lo utilizó como metáfora a partir del oficio de partera que tenía su madre.

Ahora bien, si la verdad ya “viene con nosotros”, lo que se sigue de allí es que la concepción de aprendizaje que la tradición socrático-platónica tenía era muy distinta de la que tenemos en la actualidad. Cuando hoy decimos “aprender”, se supone que adquirimos un conocimiento nuevo, algo que no teníamos, y que viene “de afuera”. ¿Pero si todo está “adentro”, en qué sentido podemos hablar de aprender algo “de afuera”? Y aquí viene la respuesta de Platón, también bastante conocida y que fue bautizada “Teoría de la reminiscencia”: “aprender no es otra cosa que recordar”.

“Aprender” y “recordar” parecen elementos que no tienen vinculación alguna al menos en la actualidad. Es más, podría suponerse que son elementos antagónicos pues lo que se aprende es lo que no se sabía y lo que no se sabía no se supo nunca, no está en un pasado remoto disponible para que gracias a nuestra , se manifieste. Sin embargo, cuando se indaga en la etimología de la palabra “verdad”, se notará que el aprender y el recordar se encuentran demasiado cercanos. En griego, “verdad” se dice “alétheia”. Si descomponemos la palabra notaremos que “Létheia” es “olvidar” y que el prefijo “a”, como sucede en nuestro idioma, marca una negación. De este modo, verdad, en griego, es “dejar de olvidar” algo que, en filosofía es más conocido por la idea del alemán Heidegger quien tradujo esto por “des-ocultar”. En términos de las explicaciones mitológicas de las cuales Platón no renegó, se dice que los humanos poseemos un alma que habita el mundo de las ideas y que al nacer viaja para animar nuestro cuerpo. Habitar el mundo de las ideas supone que el alma conoce “conscientemente” todas las ideas, pero en su viaje hacia el cuerpo atraviesa el río Letheo, el río del olvido, por lo cual todo ese conocimiento queda en estado latente y necesita de un maestro para poder “sacarlo afuera”. Incluso en buena parte de la mitología griega aparece la figura de dos ríos en el Hades: el ya mencionado y el Mnemosyne, esto es, el Río de la . Había que elegir beber en uno de ellos y el resultado era el olvido completo o el recuerdo entendido como el total conocimiento.

La verdad como recuerdo, la verdad como reminiscencia, la verdad como des-olvido, como des-ocultamiento, la verdad como vinculada a la memoria. La relación es demasiado evidente para no ser señalada. ¿Cómo puede una sociedad reconciliarse consigo misma sino a través de la verdad? ¿Cómo prescindir de la memoria a la hora de obtener una verdad presente? ¿Qué verdad se encuentra en el mero “mirar hacia adelante”? ¿Acaso hay verdad en el olvido, en lo que se oculta, en lo que no dejamos que salga a la luz? En términos de Platón, mirar adelante sin más, nos condenaría a un mundo de ignorancia, un mundo donde no hay conocimiento ni verdad. El mero mirar hacia adelante es el de los prisioneros de la caverna, aquellos que convivían con la apariencia de las imágenes que observaban en las paredes creyendo que esa era la realidad. Como se puede observar, Platón se dio cuenta de la desconfianza que hay que tenerle a las imágenes y de cómo los ignorantes creen que sólo lo que se proyecta es verdadero. Lo hizo bastante antes de la existencia del canal de noticias TN y del negociado civico-militar en torno a Papel Prensa.

Pues entonces, ¿sería deseable que Argentina sea invadida por un tsunami de aguas del Letheo? Los intentos no faltan pero ante los agites de las placas tectónicas que confluyen en la estructura de poder que derogó las leyes de Punto final y Obediencia debida, sólo cabe agarrarse fuerte, resistir y, eventualmente, ponerse algún barbijo. No mucho más.

Pero es muy interesante indagar en los presupuestos de aquellos movimientos que además de sismos buscan cismas pues existe una suerte de “mala prensa” del pasado, algo que quizás, tenga que ver con que el futuro habrá contratado su propio Durán Barba. Esta absurda dicotomía o falso dilema entre “los que miran al pasado” y “los que miran al futuro” esconde que, más bien, lo que hay es un presente continuo. Esto significa que el pasado y el futuro son siempre vistos desde el presente, resignificados y revisitados. Los que suponen que el pasado está allí, quieto, esperando ser desentrañado por una memoria sin recortes y aparentemente “completa”, ignoran que el mundo se ve siempre desde una perspectiva. Quizás así podamos entender que aquel presunto pasado es presente en la cotidianeidad de las víctimas directas o indirectas.

Cumpliéndose un nuevo aniversario del comienzo de la dictadura más sangrienta dejaremos para otro momento la coyuntura particular que rodeó y que rodea aún hoy la interpretación de los hechos ocurridos y la controversia en torno a los juicios que se llevan adelante. Más allá de ello, no se puede pasar por alto, la particularidad del caso argentino, único ejemplo de hombres y mujeres con las agallas y la capacidad para poder enjuiciar a los asesinos que utilizaron el poder estatal para llevar adelante sus intereses facciosos contra una parte de la sociedad. Mirando a nuestro alrededor, esto es, observando las dificultades que se le plantean a Uruguay y a Brasil y más aún tomando en cuenta el artilugio que se intenta utilizar en Chile para liberar a los implicados en el proceso pinochetista, lo ocurrido y lo que ocurre en la Argentina es profundamente destacable frente a los que menosprecian lo actuado con el latiguillo de que “enjuiciar ahora a los seniles y desempoderados militares es fácil”. Sin duda, el contexto actual no es aquel que rodeaba a Alfonsín pero eso no quita mérito a lo realizado por la administración kirchnerista desde lo judicial, lo cultural y lo simbólico más allá de que algunos espíritus independientes se sientan molestos con la imagen de Bendini obligado a bajar un cuadro.

A 35 años del golpe, ojalá que este pequeño aporte en torno al origen de la palabra “verdad”, sirva para pensar que el mirar hacia atrás puede ser interpretado como la natural consecuencia de saber que la verdad depende de la memoria y que un presente que olvida es el elogio a un futuro que sólo proyecta ignorancia.

(Artículo publicado originalmente el 24/3/11 en Veintirés)