por Daniel Gonzalez

El debate es torno al sistema dominante se torna clave para la construcción de una América Latina soberana y autodeterminada. Ironía o planificación, la democracia implantada intenta reducir los ejercicios democráticos.

Existe una diversidad de debates presentes en el escenario latinoamericano del siglo XXI, pero existe también la sensación de que los mismos terminan reducidos, casi con exclusividad, al aspecto económico.

Si bien la dimensión económica es central en todo proceso que se proponga la transformación de las condiciones vigentes -y sobre todo si implica la restitución de riquezas apropiadas ilegítimamente-, observar exclusivamente el recorte económico conduce a omitir la aparición de dimensiones socio–culturales que también se instalan como espacio de conflicto y confrontación.

Un punto fundamental a debatir hoy en la región, y que -aunque sea de manera indirecta- será puesto en cuestión en los procesos eleccionarios de los próximos años, es el referido al modelo de democracia imperante, su vigencia y retrocesos en Latinoamérica, y las posibles ampliaciones del mismo.

La aparición de políticas rupturistas con el neoliberalismo trajo aparejado una recuperación de la política por parte de las clases populares, tal como se sostiene en el artículo “Revisión del neoliberalismo y política recuperada” publicado en la edición del 20 de febrero de 2011 de APM.

Esto se dio de dos maneras fuertemente relacionadas: el impulso de liderazgos políticos que promovieron una reivindicación de los sectores más excluidos; y la apropiación de espacios y legitimidades en el debate, asumidas y ejecutadas desde las propias clases populares.

Detrás de los puntos específicos manifestados a nivel de superficie en esta recuperación de la política, se encuentra el referido a los alcances y calidades de la democracia en América Latina; la cual fue reducida en su modelo dominante a una versión de ella: la representativa liberal. Ésta, sin dudas, es la que menos componentes de democratización promueve.

Este aspecto, su modificación, se presenta como central en la construcción de un pensamiento latinoamericano del nuevo siglo, en concordancia con las declaraciones del presidente venezolano Hugo Chávez, quien en sus diálogos con Agustín Blanco Muñoz recopilados en Habla el comandante, sostuvo que “en cuanto al concepto de esta democracia liberal, creo que pasó su tiempo y es un fenómeno que se presenta en algunos países con unos picos más altos que otros. Creo que es el fin también, de un paradigma, la democracia liberal y su época”.

El repensar la democracia conduce a avanzar en su profundización, más en una situación claramente referida por Atilio Borón en Aristóteles en Macondo, donde sostiene que “estos regímenes que ustedes con mucha ligereza denominan `democracias latinoamericanas`, en rigor de verdad, son oligarquías o plutocracias, es decir, gobiernos de minorías en provecho de ellas mismas”.

En realidad, el componente “democrático de esas formaciones deriva mucho menos de lo que son que del simple hecho de que surgieron con la caída de las dictaduras guiadas por la doctrina de la seguridad nacional y recuperaron algunas de las libertades conculcadas en los años de la década de 1970″, continúa Boron, y agrega que “de ninguna manera llegaron a instituir, más allá de sus apariencias y rasgos más formales, un régimen genuinamente democrático. Por lo tanto, si su caracterización como plutocracias u oligarquías les parece demasiado radical o les resulta indigesta… sugiero entonces otro nombre: regímenes post-dictatoriales. Pero democracias, jamás”.

La instalación de una “democracia más democrática” se presenta así como un futuro escenario de puja. Si la democracia es el gobierno del pueblo ¿es coherente o, mejor dicho, es justo que este no delibere ni gobierne sino a través de sus representantes? Se podrá alegar que, en virtud de la complejidad de las sociedades actuales, avanzar a una democracia directa es inaplicable.

Intentar responder a estas preguntas obliga también a indagar acerca de a quienes beneficia y perjudica, o por lo menos relega, esta versión de democracia reducida, soportada intelectual y culturalmente como la única forma civilizada y educada de ejercicio de la democracia.

Fuente: APM