por Víctor Ego Ducrot*

En su columna del viernes, el director de Tiempo Argentino remachó el clavo en el punto justo. “La jefa soy yo”, tituló su texto Roberto Caballero, y bien que tuvo razón a la hora de su análisis inmediato, porque esa jefatura encierra mucho más que un principio de autoridad, elemental en toda construcción republicana, implica una asunción plena del liderazgo, aunque en claves del nuevo milenio: una revolución en la cultura política de los argentinos.

Dudo que la presidenta haya tenido preparado el discurso del jueves pasado en José C. Paz. Quizá tenía en mente su contenido general y la necesidad de pronunciarse en ese sentido, más temprano que tarde, sin embargo, y conforme a los dichos de activos participantes en el encuentro de José C. Paz, la clave del pronunciamiento de Cristina hay que rastrearla en un episodio registrado un día antes, en otro territorio del Gran Buenos Aires, en el municipio Presidente Perón.

En esa oportunidad, el intendente de José C. Paz, Mario Ishii, y otros doce jefes comunales de la provincia estuvieron con el titular de la AFSCA y dirigente de la Corriente por una Comunicación Nacional y Popular (CCNP), Gabriel Mariotto, quien inauguró otras 50 Casas Compañeras del Proyecto Nacional, una novedosa construcción política que, leyendo los tiempos actuales, interpela a la militancia desde el concepto de red.

En el acto de Presidente Perón se planteó la necesidad de que ninguna provincia, municipio ni barrio del país quede fuera del proyecto nacional que encabeza la presidenta; que la hora política del y del conjunto de actores e identidades que la acompañan pasan por el kirchnerismo y que este espacio tiene una sola líder, o “jefa” al decir de Caballero: Cristina Fernández de Kirchner.

Un día después, en su territorio, Ishii retomó la línea discursiva manifestada en Presidente Perón, la amplió y le dio mayor densidad. Minutos después, Cristina pronunció sus palabras, en una suerte de pieza oratoria de conducción política y anticipo estratégico, aprovechando la oportunidad y recurriendo a sus dotes de expositora y generadora de la textualidad que demanda un proceso político, social y cultural como el inaugurado en 2003, y que en la actualidad ella conduce, reafirmando cada día su condición de líder, de un líder (una, debe recalcarse en este caso) que la historia argentina tenía pendiente desde hacía mucho tiempo.

Es cierto que las palabras de la presidenta pueden ser entendidas en la dirección de un ordenamiento claro hacia la interna bonaerense y de la compleja red de sujetos que le dan forma a la trama que ella encabeza, pero quedarse allí sería un error o por lo menos una severa distracción respecto de lo que vive hoy el país en términos de realidad política.

El discurso de José C. Paz dice, a las claras, que la vocación de Cristina y de la ola de creciente adhesión que ella recoge desde las más amplias capas sociales es la de un proyecto nacional fundante, y si se sigue de cerca el devenir de la coyuntura –listas y pujas preelectorales, por ejemplo–, puede concluirse que la jefatura o liderazgo de un programa para todo el país comienza a apoyarse sobre algunos ejes que pueden constituirse en el soporte de una verdadera revolución en materia de cultura política.

La presidenta considera, porque sabe leer nuestra historia, que el desarrollo de una República sustancial e inclusiva requiere de una fuerte síntesis del poder constitucional a partir del gobierno nacional o federal, porque es la Nación la encargada de fundar la Nación; que ello implica una superación de las viejas construcciones políticas, basadas en mayorías más o menos adquiridas desde los poderes territoriales y partidarios; y que esa superación conlleva la instalación de nuevas generaciones de militantes, dirigentes y funcionarios, como así también el surgir de un nuevo dispositivo productor y reproductor de sentidos, de un cuerpo de ideas y valores.

Hacía falta que una vez más dijese que la República depende de que el Estado pueda imponerse sobre las corporaciones, porque un nuevo proyecto nacional –¿el de la Generación del Bicentenario?– requiere adhe-siones masivas y conscientes a políticas de Estado reconocedoras de derechos preexistentes y por lo tanto inclusivas, y de un entorno cultural que acepte mayoritariamente que el país ingresa en un nuevo tipo de contrato social, el que con precisión se expresa en la consiga “nunca menos” (de lo logrado para las nuevas mayorías).

La Argentina alumbró un liderazgo portentoso, ahora requiere avanzar en su relato y en su teoría política. Cristina también se refiere a ello cuando dice que una presidenta sola no puede.

*Periodista y escritor y profesor universitario. Artículo publicado en Tiempo Argentino