“Nuestro compromiso central era con el pueblo. La idea era que el cura del Tercer Mundo viviese como vivía el pueblo. Y a partir de esa inserción trabajase para transformar este Tercer Mundo en un mundo sin injusticias”.

Reportaje a Rubén Dri. Ex Integrante del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo

 

maria lujan rey

 

Rubén Dri: En la década del 60 se produce en la Iglesia Católica una amplia movilización en el aspecto social y en el aspecto político. Nosotros, estoy hablando como ex sacerdote perteneciente al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, habíamos sido formados en una teología tradicional, en la cual lo fundamental de la acción del sacerdote era salvar almas, que era, sobre todo, una salvación individual. En la década del 60 se produce el “descubrimiento” de que los hombres somos seres esencialmente sociales. Por lo tanto no podíamos despreocuparnos de lo social. Esto nos lleva a encontrarnos entre sacerdotes, y entre sacerdotes y laicos. Es una década de muchos debates que conducen a un redescubrimiento de las raíces del cristianismo. Redescubrirlo no como una doctrina que se preocupaba solamente del alma sino que se ocupaba del ser humano en su totalidad.

La Educaciòn en nuestras manos: ¿Qué sucedía al interior de la Iglesia, a nivel mundial, en esos momentos?
R.D.: Ya desde los 50 se estaba dando toda una reformulación de la teología europea que es la que mayormente recibíamos. Con Juan XXIII comienza una gran apertura, su encíclica “Mater et magistra” pone como tema central, el social. A la vez convoca al Concilio Vaticano II y produce otra encíclica fundamental, “Pacem in Terris”, donde establece que hay concepciones filosóficas que pueden ser erróneas, pero que sin embargo producen efectos sociales con los cuales podemos estar de acuerdo; sin nombrarlo está refiriéndose al marxismo. Esto nos abría una perspectiva de trabajo inédita hasta ese momento, si bien ya en la base se venía discutiendo. Tras la muerte de Juan XXIII, el papado de Paulo VI produce otra encíclica fundamental, la “Populorum Progresio”, porque, aunque ponga muchos reparos, abre las puertas a la resistencia popular ante la tiranía prolongada -que nosotros lo leíamos directamente “frente a la Dictadura Militar”- y además abre la puerta a la expropiación en caso necesario -que nosotros leíamos directamente como la necesidad de la expropiación de las grandes posesiones capitalistas en función de la construcción del socialismo de una sociedad completamente liberada-.
Cuando en 1967 el documento de los obispos del Tercer Mundo, presidido por Monseñor Helder Cámara, plantea que el socialismo tiene valores que están mucho más cercanos al evangelio que el capitalismo, esto a nosotros nos abrió directamente las puertas para juntarnos y trabajar en función de una nueva sociedad. Es así como surge, a fines de 1968, el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.

E.M.: ¿Qué significado tenía esto de “trabajar en función de una nueva sociedad”?
R.D.: Era trabajar para el socialismo, que significaba para nosotros cumplir la meta fundamental del Evangelio. El mensaje de Jesús se sintetiza en la construcción del Reino de Dios, pero ese Reino ya no lo leíamos como ese reino más allá de la muerte en el que iríamos a parar, sino como la construcción de esa nueva sociedad en la cual Dios reina porque es una sociedad de iguales, una sociedad liberada sin dominadores ni dominados. Hacíamos una lectura del Evangelio mucho más acorde con la práctica de Jesús de Nazareth. A partir de la práctica y el compromiso que íbamos asumiendo con los sectores populares, entrábamos en contradicción con la teología que habíamos recibido. Ahí fue surgiendo lo que, a partir de la década del 70’, pasaría a denominarse la teología de liberación.

E.M.: ¿Qué lugar tuvo en este proceso la Conferencia de Obispos de Medellín en el 68?
R.D.: Fue un acontecimiento sumamente importante. La conferencia venía a ser la traducción del Concilio Vaticano II a América Latina, pero fue mucho más allá. Si bien con contradicciones, los obispos asumen el proceso de liberación, de movilización y de lucha que se estaba dando en el seno de la iglesia latinoamericana. Hay un análisis muy certero y profundo de la dominación y del imperialismo, una condena a esa dominación y una condena a la situación de injusticia social que reinaba en todo el continente. Hace una distinción entre la violencia de dominación del sistema con la violencia de las luchas populares y deja por lo tanto abierta las puertas para que los pueblos se den los instrumentos que consideren necesarios en sus luchas.

E.M.: Todo este proceso que usted relata se va dando mientras el país, a partir de 1966, se encuentra bajo la Dictadura Militar de Onganía,¿cómo era el enfrentamiento con el poder?.
R.D.: En la década del 60 y avanzando en los 70 ya se manifiesta, a nivel mundial, la crisis del capitalismo y la necesidad de implementación de lo que luego se va a conocer como el Plan Neoliberal. Aquí comienza el ajuste; recordemos que Onganía cierra los ingenios azucareros y produce la desvalorización de la moneda, entre otras cosas. Pero en esos momentos en la sociedad argentina había mucha fuerza de resistencia, había organizaciones populares, había posibilidad no solamente de resistir los avances de la dominación sino también de avanzar a una nueva sociedad. Cuando se quieren imponer estos inicios del plan neoliberal, la resistencia popular fue tan masiva, que finalmente la dictadura militar tiene que renunciar y otorgar elecciones. Una de las manifestaciones de esa resistencia popular fueron las organizaciones armadas. Los sacerdotes para el Tercer Mundo -que no solamente éramos los sacerdotes sino que expresaba un espectro mucho más amplio porque había religiosas, muchos laicos e incluso miembros de iglesias protestantes- formábamos parte de esa resistencia popular frente a esta imposición del plan neoliberal.

E.M.: ¿Cómo entendían, desde el ser sacerdotes, ese compromiso con la resistencia popular?
R.D.: Nuestro compromiso central era el compromiso con el pueblo. La idea era que el cura del Tercer Mundo no viviese del culto sino de su trabajo: en la fábrica, como empleado, del trabajo intelectual; en fin que viviese como vivía el pueblo. Que hubiese una verdadera inserción y que a partir de esa inserción hubiese un verdadero compromiso y se denunciasen todas las injusticias. Buscábamos ser fieles a nuestros principios fundamentales que eran la condenación del capitalismo, la reivindicación de las luchas populares y proclamarnos como sacerdotes para este Tercer Mundo que debía transformarse en un mundo sin injusticias.

E.M.: De esa experiencia, ¿qué le parece importante recuperar hoy?
R.D.: Entre muchas cosas, una es recuperar la militancia; que es el concebir la vida como un proceso de lucha, pero una lucha alegre, una lucha que al mismo tiempo festeja, que cree que es posible la transformación. Gran parte de la victoria del neoliberalismo se dio porque pudo liquidar la esperanza. Pero nunca hay derrotas completas ni victorias completas. Tenemos que recuperar la esperanza de que es posible otro tipo de sociedad, depende de nosotros que la hagamos.

Héctor González

La postura de la jerarquía de la Iglesia

R.D.: Cuando se da el golpe de 1976 hay una iglesia partida: una gran parte comprometida en las luchas de liberación -sacerdotes, religiosas y laicos- y la mayoría de la jerarquía -salvo excepciones- comprometida con la Dictadura. Al frente de la Conferencia Episcopal estaba Monseñor Tortolo, que tenía como vicario castrense a Monseñor Bonamín. Ambos forman parte de lo que yo denomino los “cruzados”, que tienen la hegemonía en el Episcopado durante el primer tramo de la Dictadura Militar, hasta el 78. Ellos legitiman no solamente el golpe militar sino también la práctica del terrorismo de Estado y de la desaparición de personas. La Dictadura se autolegitima mediante lo que se denomina la Doctrina de la Seguridad Nacional, pero en Argentina era imposible que esa doctrina se pudiese imponer si no hubiese tenido un componente teológico. Ese componente se lo dio la jerarquía eclesiástica. Hoy Bush habla de la lucha contra “el eje del mal”: para la dictadura era también la lucha entre el bien y el mal, los valores occidentales y cristianos en contra del “marxismo materialista y ateo”. Esos adjetivos -materialista y ateo- en boca de la jerarquía eclesiástica significaban el demonio. Aparte de la gran cantidad de obispos que expresaron su apoyo, y de la estructura de capellanes militares -que no solamente conocían todo lo que sucedía sino que visitaban los Centros Clandestinos y confortaban a los torturadores y a los desaparecedores- creo que este componente teológico fue fundamental para la legitimación de la dictadura militar de su accionar terrorista y genocida. Una legitimación que hizo que gran parte de la propia Iglesia quedara a merced del terrorismo de Estado. Dos obispos -Monseñor Angelelli y Monseñor Ponce de León- fueron asesinados, hay más de un centenar de sacerdotes entre desaparecidos, torturados, encarcelados, y muchos más tuvieron que irse al exilio.

La violencia

R.D.: Muchas veces se me pregunta sobre el tema de la violencia. Desde el punto de vista cristiano este tema tiene que ver con la dignidad del ser humano. Es decir, los pueblos tienen derecho a defenderse y nadie les puede decir cuál es el método para defenderse. Los mismos pueblos tienen que ir descubriendo con sus organizaciones cuál es el método para defenderse y esto de ninguna manera va en contra del cristianismo. La metáfora que Jesús utilizó de dar la otra mejilla se refiere a las relaciones interpersonales, intersubjetivas, entre compañeros; digamos a las relaciones populares, entre pobres o entre seres humanos. Pero cuando él trató con las autoridades, ya sea sacerdotales ya sea imperiales, nunca dijo que hay que dar la otra mejilla. Todo lo contrario. Los epítetos que utilizó siempre fueron los más fuertes. Nunca entregó al pueblo en manos de sus dominadores.