LA NACIÓN Y LA CONSTRUCCION DEL “GRAN CAMBIO”.
LOS EDITORIALES DE MARZO DE 1976.

Lic. César L. Díaz
Lic. Mario J. Giménez
Prof. María M. Passaro

En el presente trabajo analizaremos el discurso editorial propuesto por el diario LA NACION durante el mes de marzo de 1976, partiendo, en términos lingüísticos, del enunciado1 con el propósito de reconstruir la enunciación2 del “gran cambio”. Con tal fin hemos seleccionado diecisiete editoriales que, de algún modo, se refieren a los principales actores políticos y sociales3 que intervinieron en esa coyuntura. Este estudio estará centrado desde una perspectiva multidisciplinaria: comunicacional, lingüística e histórica.

En torno al concepto de discurso existen diversas definiciones. Una de ellas, es la proporcionada por Teun Van Dijk quien, ante el dilema que ofrece la adopción de un posicionamiento, se inclina por considerar que “la noción de discurso es esencialmente difusa. Como suele suceder en el caso de conceptos que remiten a fenómenos complejos”4. Esta visión, lejos de ofrecernos imprecisiones, permite ampliar nuestra perspectiva, ya que este estudio pretende tan sólo presentar una aproximación a la construcción discursiva del diario LA NACION en un momento crítico para la historia argentina reciente.

1. Apoyaturas teóricas

1.1. Aspectos comunicacionales del discurso editorial

Nuestro estudio, como señaláramos, se centrará en la columna editorial de la superficie redaccional, prescindiendo del resto de las secciones de esta parte del medio y de la superficie publicitaria. A tal efecto consideramos apropiado recurrir a la definición que nos proporciona el manual de estilo realizado por el propio matutino. El mismo define que “las columnas editoriales de un diario son el espacio reservado para que el director o el editor de la publicación exprese su opinión sobre temas de interés para la comunidad (…). Los diarios que incluyen editoriales poseen, por lo común, una mayor influencia sobre la opinión pública y los poderes oficiales y privados”5. El editorial interpreta al lector la noticia del día y señala su significado6 reforzando, de esta manera, el pacto de lectura existente entre el medio y su público7. Producto de múltiples plumas, los editoriales son la expresión oficial de una publicación. Si la ideología de ésta se puede leer en todos sus artículos y secciones, presenta, en el caso de los editoriales, una sistematización explícita que le acuerda el mencionado rasgo de página de un tratado. En 1944 Luis Mitre, por entonces director del matutino, definía con términos precisos el lugar y la importancia que acordaba a su rol y que confería a los editoriales en el diario: “preservar ‘la doctrina, es decir, la defensa de las instituciones y los medios de estimular el adelanto del país en sus más variadas manifestaciones es objeto de su continuo desvelo. Sino fuese así no cumpliría sus obligaciones para el pueblo’. Al centrarse sobre temas de coyuntura, los editoriales suelen tener un toque dramático, al anunciar que quizás se esté ante la última oportunidad de evitar catástrofes o males mayores. Luego, en nombre de la tradición, la ciencia o el buen sentido, explican la solución del problema”8. Soluciones que, como veremos más adelante, para el caso de La Nación, no fueron las más saludables para la defensa de los intereses democráticos.

Ahora bien, luego de explicitar algunas nociones acerca de los editoriales entendemos conveniente referir que existen distintas tipologías en base a las cuales se los puede clasificar. En nuestro caso, seguiremos la sugerida por Raúl Rivadaneira Prada, quien en relación a sus estilos, propone las siguientes categorías: predictivos, admonitorios, apologéticos, explicativos, expositivos, combativos y críticos9.

Por último, creemos oportuno aclarar que nuestro análisis de los editoriales del órgano de difusión mitrista, por sus características intrínsecas, se centrará en los actores políticos y sociales más relevantes de aquella coyuntura. Dicho enfoque nos posibilitará dar cuenta, con mayor profundidad, sobre la posición sostenida por el matutino. Por lo tanto, hemos desestimado en esta oportunidad, efectuar un estudio focalizado en las “macroestructuras semánticas”10, es decir, en los aspectos económicos, políticos, sociales, etc, tal como las define el teórico holandés Van Dijk, y que supimos aplicar para el diario La Prensa en el mismo período11.

1.2. Aspectos lingüísticos del discurso editorial

Con respecto al abordaje lingüístico que proponemos, es necesario destacar, en primer lugar, que “los discursos sociales no son producto de una realidad estable e inmutable sino que, por el contrario, los usuarios producen modificaciones que posibilitan la circulación del sentido a través de la sociedad. Es por ello que palabras como [‘civilización’, ‘crisis’, ‘subversión’, etc.] podían tener una significación en un momento dado y hoy tienen otra. La lengua es un organismo vivo que es constantemente trabajado por sus usuarios, los hablantes. El universo referencial que convocan ha sido alterado. La realidad ha presionado sobre los signos y estos dan cuenta de una nueva situación”12.

Considerando las variaciones discursivas producidas en el uso de la lengua, analizaremos sólo algunos aspectos lingüísticos, tales como: empleo del discurso directo e indirecto libre13, las figuras utilizadas en los editoriales14, los tiempos y personas de los verbos15, el empleo de subjetivemas y asociaciones alrededor de un término (enlaces positivos)16 y la utilización de ciertas palabras clave, con el propósito de desentrañar el andamiaje comunicacional propuesto por LA NACION en la construcción del “gran cambio” producido el 24 de marzo de 1976.

Para finalizar, especificaremos cuál es el sentido que le conferiremos a ciertos componentes del proceso comunicacional que pueden prestarse a confusión. Tal es el caso de alocutario-auditor, locutor-enunciador y destinatario-alocutario. Los auditores de un enunciado son todos aquellos que, por una razón o por otra, lo recepcionan, mientras que los alocutarios son las personas a las que el locutor declara dirigirse. Por su parte, el locutor es el que produce un enunciado, en tanto que el enunciador es a quien el locutor atribuye responsabilidad de una parte de lo que refiere. Por último, mencionaremos que el destinatario es aquel a quien se dirige el enunciador17.

1.3. Aspectos históricos del medio y la coyuntura

En este apartado esbozaremos algunas líneas que nos permitan adentrarnos, de algún modo, en el “contexto”18 en el cual se originaron las notas editoriales de LA NACION. Con tal fin, realizaremos una breve referencia acerca de la historia del medio así como también a algunos de los rasgos que lo caracterizaron en la coyuntura propuesta.

El diario fue fundado por Bartolomé Mitre el 4 de enero de 1870. Durante el siglo XIX y los primeros 9 años del siguiente se vio imposibilitado de llevar adelante el apotegma que lo sigue caracterizando hasta la actualidad “La Nación será una tribuna de doctrina”, pues se vio sistemáticamente tensionado por la defensa de intereses estrictamente sectoriales. Este dilema quedó finalmente resuelto, con la desaparición física del por entonces director Emilio Mitre, cuando el matutino consideró oportuno dirigirse a la clase política en general, dejando de lado cuestiones partidistas19. Esta centenaria hoja supo interpretar los intereses de los sectores tradicionales vinculados a las familias que conformaban la burguesía agroexportadora. En efecto, los individuos que se encontraban en las posiciones más altas de la estructura del poder político, del sistema económico y de la jerarquía del reconocimiento social, compartían el hábito de la lectura de sus páginas, característica que continuó vigente en la década indagada y, aún, en la actualidad.

Por lo expuesto, no puede llamar la atención que los gobiernos peronistas de la década del ’70 no contaran con la simpatía del diario de los Mitre. Contrariamente, resulta ostensible la determinación del medio en la defensa de los intereses del sector agroexportador, que se sentía perjudicado por la política económica implementada por dicho gobierno. Su discurso adhería a conceptos claramente liberales y en la faz política reclamaba, permanentemente, el respeto por los derechos del ciudadano. Al mismo tiempo, demandaba a la opinión pública un mayor compromiso y participación en procura del fortalecimiento de las instituciones las cuáles, conforme a la opinión del periódico, se encontraban en una situación riesgosa desde el 25 de mayo de 1973, momento a partir del cual comenzaría un período signado por el “caos” que amenazaba la estabilidad de la “República”20.

2. El discurso editorial para “el gran cambio”.

2.1. La perspectiva lingüística.

En principio, debemos remarcar una característica ofrecida por los editoriales de LA NACION durante el mes de marzo de 1976, ya que la misma los despojaría, de alguna manera, de su rasgo más distintivo, pues la columna de opinión institucional se distingue de las demás secciones de la superficie redaccional por estar escrita en la primera persona del plural, el “mágico nosotros” que definiera tan acabadamente Katherine Graham21. El matutino, al carecer de esta particularidad, apeló en 14 oportunidades al uso de la tercera persona del singular con el objeto de establecer cierta distancia entre el mensaje pergeñado por el locutor y su alocutario pero con el inocultable propósito de incidir, decididamente, en el pensamiento de los lectores.

En tanto en el uso de los verbos, recurrió en una oportunidad a aquellos que no son considerados “tiempos comentativos”22, es decir, propios del discurso editorial. Esto confirmaría que en ese espacio, adoptó un discurso narrativo característico de la literatura: “hubo un tiempo en que el partido a cargo del poder desde el 25 de mayo de 1973 distinguía a organizaciones ominosas con el trato apropiado para una juventud que hubiera sido realmente ‘maravillosa’ solo con hacer todo lo contrario a lo que los militantes de esos grupos deliberadamente entregados a la violencia hicieron. Hubo también un tiempo en que líderes políticos de primera línea se negaron a condenar crímenes execrables” (16/3/76). Esto confirmaría que el medio, a la hora de enjuiciar el comportamiento del gobierno, recurría a una retórica alejada de la prosa editorial, contrastando con un estilo ya centenario.

Desde luego que en esta prestigiosa columna del diario no faltaron las citas de los clásicos que irrumpían en la urdimbre del escrito en momentos claves. Esta apelación a la figura del principio de autoridad fue utilizada a través del discurso directo, por caso, en el editorial del día 8 de marzo23, con la finalidad de denunciar las ambiciones personales que caracterizaban la conducta de la “clase dirigente” argentina de ese momento. Allí, el editorialista citó la frase “no es Caín lo malo; lo malo son los cainistas”, perteneciente al escritor español Miguel de Unamuno, apotegma que el medio resignificó en la afirmación “no es Maquiavelo lo malo, lo malo son los maquiavelitos [porque] los pequeños imitadores, los ‘maquiavelitos’ constituyen los peores enemigos de la democracia” (8/3/76).

En cuanto al empleo de los discursos directo o indirecto libre, consignaremos que eran utilizados a los efectos de resaltar dos de los aspectos de la realidad que el actor “poder ejecutivo” no podía resolver satisfactoriamente: la crisis económica y la subversión. Así, apeló al discurso directo al reproducir declaraciones de Isabel Perón con el objeto de reforzar la crítica hacia la inoperancia del gobierno ante el terrorismo: “el 25 de mayo de 1973, cuando la subversión de izquierda, convicta de crímenes monstruosos, festejó como propio el triunfo de la misma causa política que la presidente personalizó en su último discurso con la disyuntiva ‘yo o la izquierda marxista'” 6/3/76). En otra oportunidad también trajo a consideración las palabras del ministro de economía Emilio Mondelli, quién justificó la necesidad de rezagar los salarios frente al aumento de los precios: “sabemos el aporte de esfuerzo que ello supone para el pueblo trabajador, pero él debe saber que si esto no lo hace su gobierno serán otros los que lo realizarán” (7/3/76). En este caso, las palabras del encargado de la cartera económica, venían a abonar la línea de pensamiento del matutino sobre la necesidad de un cambio.

Asimismo, en otro editorial, el diario apelaba al discurso directo como principio de autoridad con la salvedad de que, esta vez, lo hacía autoreferenciándose. En esa ocasión, al interpelar al poder político, el “locutor” le sugería no repetir viejas equivocaciones si deseaba mejorar la situación económica nacional: “el 23 de septiembre de 1974 decíamos en estas columnas. ‘Si no hay reducción de los costos de producción, el aumento de los precios y el alza de los salarios se encadenan en una espiral viciosa, en la que ningún aumento de precios alcanza para restablecer la rentabilidad y ninguna alza de salarios es suficiente para mejorar las condiciones de vida de los que trabajan bajo relación de dependencia. Reincidir en este juego riesgoso pondría en serio peligro la salud económica del país'” (10/3/76). Obsérvese que, en esta oportunidad en la cual el medio ejercía su función de cuarto poder, coincidían el locutor y el enunciador, por un lado, y el alocutario y el destinatario, por el otro.

Con respecto al discurso indirecto libre, señalaremos que sólo fue empleado por el sujeto de enunciación en un caso. Allí el locutor escribía sobre la siempre “triste” realidad de los docentes universitarios: “se han formulado serias consideraciones con respecto a las remuneraciones de los docentes incluidos en el régimen de dedicación exclusiva (…) se argumenta la posibilidad del desempeño en otras tareas” (8/3/1976). Resulta evidente que el empleo de la forma de discurso directo e indirecto libre robusteció la posición del periódico para conseguir el tan anhelado cambio.

Por lo demás, la construcción comunicacional también se vio alimentada con la inclusión de subjetivemas en la página editorial. Tanto los sustantivos y los verbos como las adjetivaciones empleadas poseían un sesgo claramente catastrofista y manifestaban un diagnóstico poco favorable para el futuro del gobierno democrático. Presentaremos a continuación un ejemplo ilustrativo: el país “ha sido víctima, en fin, de una combinación nefasta entre la ineptitud para gobernar y la corrupción que ha hecho estragos en la república” (10/3/76, el subrayado es nuestro). También destacaremos el empleo de “enlaces positivos”24 a los que recurría, preferentemente, para hacer alusión a los guerrilleros a quienes designaba alternativamente como: “enemigo auténtico”, “enajenados”, “verdaderos hampones”, “minorías nihilistas despiadadas”, “sembradores de la muerte y de la angustia”, entre otros. Del mismo modo, todos los sucesos y los medios utilizados por el actor “guerrilla” eran presentados con adjetivaciones axiológicas claramente denotadoras de la posición ideológica del medio: “diabólico artefacto” (bomba), “saña feroz”, “repudiable suceso” y “colmo de la brutalidad” (atentados).

Por último, debemos agregar que, además del “principio de autoridad” presentado anteriormente, el matutino empleaba otras dos figuras que permitían al locutor incorporar en su discurso una pluralidad de voces con el fin de reforzar sus propias argumentaciones: la ironía y la concesión. El primer recurso fue utilizado por el editorialista en ocasión de desacreditar la estrategia del gremialismo argentino para mejorar la calidad de vida de los trabajadores: “se ha luchado porque el aumento general de salario no se limite al 12 % y se lleve al 20%. Esto es lo mismo que pretender aprender la presa disparando sobre su sombra. El mejoramiento de los salarios reales, que es el único objetivo válido, no se logra mejor con un alza mayor de los salarios nominales. En los últimos 20 años se han duplicado los salarios reales en gran parte de los paises del mundo. En todos esos paises los salarios nominales se han visto incrementados en proporciones que nuestros dirigentes sindicales considerarían ridículas. Los dirigentes sindicales de aquellos paises, en cambio, considerarían ridículo el mejoramiento de los salarios reales ocurrido entre nosotros (…) en los paises prósperos, las energías no se gastan principalmente en discutir las diferencias nominales sino en producir más” (22/3/76). Como puede observarse, el locutor intentaba persuadir a la opinión pública de que los reclamos formulados por la dirigencia gremial, sólo conducirían a un mejoramiento ficticio de los salarios, pues al no modificarse otras variables del sistema económico, y así lograr una mayor producción como en los países prósperos, los sueldos quedarían rezagados frente al alza del costo de vida.

En cuanto al segundo recurso, la figura de la concesión, el diario de los Mitre la empleó en oportunidad de cuestionar severamente las consideraciones proferidas por la dirigencia política nacional ante la firma de un acuerdo entre Estados Unidos y Brasil: “no se puede ignorar o desdeñar lo que sucede allende a nuestras fronteras. Tal actitud sería profundamente errónea, y, además de imposible, mezquina y pueril. Pero cuando surjan las comparaciones, cuando se adviertan las distancias que nos van separando cada vez más de otros pueblos dispuestos a seguir avanzado en todos los órdenes, convendrá en primer término mirar para adentro” (14/3/76). De este modo, el editorialista no dudaba en dirigirse a los “ciudadanos preocupados por el futuro de su patria”, haciéndoles notar que la dirigencia política “distraía” su atención deliberando sobre asuntos en los que no tenía decisión y omitiendo aquellos sobre los que era responsable.

2.2. La construcción de la enunciación para “el gran cambio”.

Resulta conveniente anotar que en la producción del discurso sobre el cambio, LA NACION desarrolló una estrategia caracterizada por cierta opacidad, si se la compara con otros medios que emplearon un mensaje más combativo y directo en sus afirmaciones. Dicho en otros términos, en la página editorial del matutino de los Mitre no hallamos invocaciones taxativas acerca de la necesidad de un golpe de estado ni sobre el rol de las fuerzas armadas en el sistema político. La persuasión discursiva se basó en la exposición de un diagnóstico crítico acerca de la responsabilidad que le cabía al gobierno de Isabel ante la amenaza de la subversión, por un lado, y sobre la ineficiencia de la política económica, por el otro, al tiempo que llamaba al lector a reflexionar sobre su “responsabilidad” en la coyuntura. Por lo tanto, la idea de “necesidad de un gran cambio” fue construida paulatinamente.

A partir del primer editorial del mes de marzo el locutor exponía en el espacio editorial el “estado de ánimo” general empleando diversos sustantivos que referían a los alocutores -el país, la opinión pública, el ciudadano- intentando llamar su atención. En el primer párrafo del espacio de opinión publicado el día 2 de marzo aseveraba: “solo un largo, desdichado, inaceptable acostumbramiento a episodios delictuosos de la peor especie, explica la escasa resonancia alcanzada por la serie de secuestros y asesinatos sufrida por el país y la escalada impresionante que en tal sentido se ha desatado las últimas semanas” (el subrayado es nuestro), presentando, de esta forma, un panorama desalentador de la realidad nacional. Las consideraciones sobre las sombrías perspectivas de la “república” sirvieron de disparador, en varios editoriales, para que el locutor enunciara alguna reflexión que aludiera a la necesidad de un giro. En efecto, el 6 de marzo encontramos la primera argumentación predictiva con respecto a una posible variación de la coyuntura. El editorial afirmaba: “sólo un gobierno absolutamente divorciado de la realidad puede ser insensible al estado de saturación ciudadana por la crisis que siembra el caos dentro de las fronteras nacionales, destruye el prestigio externo de la República y deshace el aparato productivo del país” (el subrayado es nuestro). Nótese que, como señaláramos anteriormente, el diagnóstico esgrimido a través del empleo de subjetivemas (verbos, sustantivos y adjetivación) era desmoralizador. A continuación, sin embargo, advertía: “todas esas son manifestaciones día a día agravadas de la actual encrucijada, pero también son el anticipo genuino de que el día a partir del cual se geste una política vigorosa y coherente de auténtica recuperación nacional en todos los planos habrá comenzado un período prolongado de nuevos sacrificios, aunque necesariamente esperanzados, en nuestra capacidad de reacción” (el subrayado es nuestro). Aquí hallamos la primer referencia acerca de la posibilidad de que se hiciera efectiva una nueva política calificada en forma positiva (ver subrayado) aunque reconociendo que la misma requeriría de “sacrificios esperanzados”.

Referencias de esta índole, planteadas como la probabilidad de una transformación en un futuro no determinado específicamente, fueron halladas en 10 oportunidades sobre el total de 17 editoriales analizados. Las proposiciones calificativas sobre la situación se tornaron cada día más lúgubres25, alcanzando su punto máximo con el editorial del día 21, titulado “El argentino, hombre acosado” donde advertía: “el futuro parece estar seriamente comprometido” situación que se explicaría porque “el argentino respira una atmósfera sofocante, de carácter persecutorio, que se encarniza en no darle sosiego y en el que parece consolidarse la imagen de poderes institucionales incapaces o inoperantes para producir las rectificaciones de fondo en el proceso en el que estamos sumidos. (…) De todas las facetas de la crisis por la que atravesamos, la peor es de naturaleza espiritual, sin duda alguna. Y lamentablemente el estado de ánimo de la población transita los matices que van de abatimiento depresivo a la frustración agresiva. Por una se carga de culpa, por otra se enciende de violencia” (el subrayado es nuestro). La elaboración de un diagnóstico de esta magnitud daba lugar a que el editorialista, a renglón seguido, señalara una alternativa: “la recuperación psicológica de nuestro ciudadano no solo será posible a través del enunciado y asunción de verdades, del reconocimiento de las políticas que han fracasado y de la dinamización de las instituciones que están claudicando. Es indispensable desvanecer los fantasmas que nos asedian, los mitos paralizantes. Las verdades aprendidas en el dolor son las que más enseñan. La penosa experiencia que padecemos puede abrir ocasión a otra realidad, si hay fuerza para emprender un gran cambio de actitudes y de respeto por el ciudadano argentino” (el subrayado es nuestro). Resulta evidente que la columna de opinión del diario había ido a fondo en su especulación política acerca de la solución que necesitaba la crisis en la que el partido justicialista había sumido al país.

El regocijo ante la consecución de la “salida política”, por la que la publicación había bregado afanosamente, se explicitó en el editorial del 25 de marzo de 1976, momento en que la columna presentaba a los auditores un discurso que combinaba, como nunca, elementos críticos, explicativos, apologéticos y, en el remate, admonitorios. Desde luego que el medio consideraba que “este final inexorable había sido presentido por vastos sectores de la opinión pública. En las últimas semanas tal presentimiento era una convicción reafirmada a diario por síntomas de la más diversa naturaleza”. Obviamente a La Nación no se le escapaba que, a través de su persistente prédica, había coadyuvado largamente a instalar en la opinión pública la idea de que esos “síntomas” conducían a un solo “final”: el gran cambio. A continuación, mediante un estilo crítico, daba cuenta de las causas más importantes por las que se había producido el desenlace “presentido”. De tal modo, sindicaba al gobierno, al parlamento y a los gremialistas como los principales responsables de la “insensibilidad y la obcecación (…), corrupción, despilfarro, incompetencia e inseguridad colectiva”. Luego, en un tono explicativo, enumeraba las razones que, a su entender, habían motivado la debacle institucional: “cada vez más, el gobierno justicialista se abandonó en sus propias obsesiones. La más absurda de estas fue la conversión de la república en una suerte de monarquía en la cual la viuda de un caudillo pretendió que el poder fuese un bien casi computable en el juicio sucesorio. Esta ambición femenina, propia de la reyecía del siglo XVIII, fue alentada por ‘un pequeño grupo de amigos’ dispuesto a actuar como un núcleo empresario de las emociones populares atribuídas al eco del apellido convocante. Así sobrevinieron las reyertas intestinas entre la depositaria del nombre y los que pretendían ser beneficiarios de una nebulosa herencia política. Primero se fragmentó el frente oficialista en el cual el peronismo apadrinó a aliados de poco vigor numérico. Luego se escindió el peronismo. Más tarde se produjo un cisma parlamentario que privó al gobierno de su mayoría en la cámara joven, no obstante lo cual el parlamento diluyó sus propias posibilidades creativas. En último término el sector gremial- única franja donde subsistía un vestigio de organización- cayó en la ficción que desconectó a los dirigentes de la realidad popular”. Finalmente, el editorialista, ejerciendo esta vez la función primordial de la sección editorial, manifestaba, en pocos trazos, lo acaecido y ciertas recomendaciones a los futuros gobernantes del país: “la crisis ha culminado. No hay sorpresa en la Nación ante la caída de un gobierno que estaba muerto mucho antes de su eliminación por vía de un cambio como el que se ha operado. En lugar de aquella sorpresa hay enorme expectación. Todos sabemos que se necesitan planes sólidos para facilitar la rehabilitación material y moral de una comunidad herida por demasiados fracasos y dominada por un escepticismo contaminante. Precisamente, por la magnitud de la tarea por emprender la primera condición es que se afianze en las FFAA la cohesión con la cual han actuado hasta aquí. Hay un país que tiene valiosas reservas de confianza, pero también un terrorismo en acecho”. En efecto, el gran cambio se había producido y La Nación, a juzgar por las características de sus alocutores, habría jugado un rol preponderante si tenemos en cuenta que gran parte de ellos fueron, en primera instancia, quienes conspiraron y luego se convirtieron en funcionales sostenedores de las políticas llevadas adelante por el autodenominado “proceso de reorganización nacional”. Evidentemente, el diario no interpretaba la interrupción de la vida democrática como una ruptura institucional. Nótese que al calificar el derrocamiento de la presidente, por no llamar a las cosas por su nombre, “golpe de estado”, apelaba a diferentes “enlaces positivos”: “la crisis ha culminado”, “caída de un gobierno que estaba muerto”, “final inexorable”, “eliminación por vía de un cambio como el que se ha operado”, entre otros. El diario, reforzando esta linea discursiva, a lo largo de los editoriales del mes de marzo, sólo se había referido a la democracia en dos oportunidades. En ambas ocasiones había empleado la tercera persona del singular, denotando cierto descompromiso con dicho sistema de gobierno. En definitiva, la hora del gran cambio había llegado, todo indicaba que la cultura política instaurada por el peronismo tocaba su fin, tal como rezara el título del editorial “Lo que termina y lo que comienza”. Solo restaba esperar que, en la “era” que pretendía inaugurar el 24 de marzo, no se cometieran equívocos anteriores.

Conclusión

En el presente trabajo nos hemos aproximado a la construcción editorial elaborada por el diario LA NACION durante el mes de marzo de 1976. Desde la perspectiva lingüística hemos apreciado la combinación de discursos, figuras, subjetivemas, enlaces positivos, todos tendientes a reforzar en el imaginario del alocutario la idea sostenida por el centenario matutino. Por otra parte, hemos podido constatar a través de la lectura del corpus documental, el predominio, casi absoluto, de editoriales de tono crítico, con la singularidad de que éstos estaban redactados en la tercera persona del singular en detrimento del “mágico nosotros” que caracteriza a la narrativa de esta sección. Consideramos que, al abandonar la primera persona del plural, el matutino pretendía tomar distancia de los acontecimientos y actores con el fin de dotar de una mayor grado de credibilidad a su página editorial.

Por último, debemos mencionar que el empleo de los distintos recursos sustentadores de la estrategia comunicacional del diario, obedecía a un único propósito: producir “el gran cambio” en la política argentina.